El sello de Antonio Gaudí, en la localidad cantábrica de Comillas – Télam

Las huellas del arquitecto modernista catalán, Antonio Gaudí, se evidencian más allá del patrimonio arquitectónico que dejó en la ciudad de Barcelona, como lo muestra la deslumbrante mansión de la localidad de Comillas, en la comunidad autónoma de Cantabria, bautizada: «El Capricho de Gaudí».

«Realmente es un capricho porque poca gente sabe que fuera de Cataluña Gaudí tiene algunos edificios, y que creo que este es uno de los más característicos y más cuidados del diseño de un artista como él», explicó la directora general de turismo del gobierno de Cantabria, Eva Bartolomé Arciniega.

En diálogo con Télam, la funcionaria destacó que la mansión, de colores y formas vibrantes características de Gaudí, «está rodeada de palacios construidos por los llamados ‘indianos’, aquellos que emigraron a las Américas y regresaron con una solvente situación económica».

Lo que era una aldea de pescadores se fue convirtiendo en una pujante localidad costera, a unos 50 kilómetros al oeste de Santander, por el mecenazgo del marqués de Comillas, Antonio López y López, que emigró a Cuba a los 14 años, a lo que en su momento se llamaban las Indias, de ahí el apodo de indianos.

La localidad se transformó en el lugar de moda de la aristocracia y fue en 1883 cuando el concuñado del marqués, Máximo Díaz de Quijano, ordenó la construcción de su residencia en los jardines que rodean el palacio de Sobrellano, donde veraneaba la familia real española.

El encargado del diseño fue el joven Antonio Gaudí, protegido del empresario Eusebi Güell, yerno de Antonio López, pero arquitecto y protector nunca llegaron a conocerse porque el catalán diseñó la villa desde Barcelona dejando la supervisión de la obra a su colega Cristóbal Cascante.

El lugar, que pasó por distintos avatares a lo largo de la historia -fue vivienda, sufrió el abandono, se convirtió en restaurante y terminó en museo- tiene todos los ingredientes de la fantasías de Gaudí y responde al deseo de su propietario de exhibir su riqueza.

La entrada principal, ubicada en el frente norte, está diseñada a partir de un pórtico con cuatro columnas de piedra que sostienen la ecléctica torre mirador de 20 metros de altura.

Con base de piedra en un terreno en desnivel, la fachada es un museo arquitectónico a cielo abierto con balcones con banquetas-marquesina; ventanas abuhardilladas; chimeneas que sirven de respiraderos para ventilar la casa; y tejados de cerámica, entre otros detalles, todo en vivos colores donde resaltan el verde, el rojo y el amarillo.

A la torre que asemeja al minarete de una mezquita y que resalta sobre el pòrtico de 11 metros de altura, se accede por una angosta escalera de caracol hasta llegar al mirador, ornamentado con una barandilla de hierro que reproduce claves de sol, y que remata con una cubierta de formas geométricas sostenidas por columnas de hierro.

Son tantos los pequeños y grandes detalles que adornan el exterior de la casa que sería imposible enumerarlos en una crónica: dinteles, ornamentos con formas vegetales, ventanas en voladizo y mucho azulejo, al mejor estilo Gaudí.

El interior de la mansión cuenta con 8 estancias a lo largo de un corredor, diseñado en forma de U alrededor de un invernadero; un patio exterior; un pequeño vestíbulo de ingreso; y techos diseñados para cada una de las estancias de la casa, que posee tres niveles.

El Capricho de Gaudí, cuyo nombre original es el de Villa Quijano, conjuga la imaginación y la fantasía de un artista para el deleite de los visitantes en el corazón de la España Verde

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