Acampando en el “Parque Nacional el Palmar”


Acampando en el “Parque Nacional el Palmar”

Por Ailen Dumont especial para Revista Latitud

Ya habían pasado varios meses desde el inicio de la rigurosa cuarentena en nuestro país, y así  las ganas de salir a conocer lugares se habían incrementado. Por ello cuando los viajes vacacionales comenzaron a habilitarse no lo dudamos ni un momento. Decidimos entonces prepararnos para acampar en el Palmar. 

Ya lo conocía, pero habían pasado tantos años que no recordaba la belleza que este parque nacional poseía. Los Argentinos tendemos a creer que lo mejor siempre se encuentra en el exterior, desmerecemos lo nuestro, nuestra fauna y flora, nuestros paisajes. Este viaje me permitió comprender lo que Entre Ríos atesora, que al igual que las otras 22 provincias de nuestro país, así como el resto de países del mundo, tienen su encanto particular. 

El Palmar

Sin dudas recomiendo este paraje, en especial para los amantes de la naturaleza y el camping como ciertamente lo fuimos siempre mi hermana y yo. La diversidad de aves cada una con su canto singular adornaban el sitio. Los lagartos intrépidos no se preocupaban por desviar su rumbo, incluso si había personas rondando cerca de ellos. Los tiernos carpinchos se llevaban el protagonismo durante el día, y las divertidas vizcachas por las noches. Abundaban los sonidos, y una que otra vez te encontrabas sobresaltada por algún animal, pero cada uno de esos encuentros resultaba mágico. 

La playa, el río y los riachuelos eran los sitios más recurridos a la hora de la tardecita, para tomar mates, comer algo rico y claro disfrutar del agua. Las palmeras yatay (Butia yatay) eran dignas de postales, debo admitir que su grandeza me dejó atónita, y es que eran tantas y tan grandes que uno no llega a dimensionarlas hasta que se encuentra frente a ellas. Al parecer, según lo que nos contó uno de los guardaparques, se estima que algunas poseen más de 300 años. Es decir que ellas estaban mucho antes de que siquiera tus abuelos existieran, y seguirán allí por mucho tiempo más del que cada uno de nosotros es capaz de imaginar. 

El Palmar

Si tuviera que elegir qué fue lo que más me gustó de este precioso lugar diría el cielo. Los atardeceres cada uno tan diferente al anterior, con las palmeras enmarcando esa imagen que quedará grabada en mi cabeza. Las estrellas titilantes y enormes nos quitaron el aliento, uno simplemente no podía escapar de su belleza, no podía caminar de noche con los ojos puestos en frente, siempre la mirada terminaba escapando al cielo.

Si algo nos caracteriza a mi hermana y a mi es que podemos caminar horas tan solo para tener el privilegio de una mejor vista. Por ello nos dirigimos a pie a dos kilómetros del campamento, pasada la medianoche, con cámara y trípode en mano y la emoción desbordando. Como advertencia para todos aquellos que quieran imitarnos, tengan en claro que los carpinchos también circulan de noche y que no tienen problema alguno en emitir sonidos que, si uno no los conoce y tampoco puede verlos (pues habíamos olvidado la linterna), entonces puede volverse un poco tétrico. Pero al menos quedará en nosotras la anécdota de aquel carpincho que nos dio un buen susto.  

El Palmar

Nunca había visto tantos animales en tan poco tiempo, nunca había visto tal cantidad de estrellas reunidas en la Vía Láctea. Era tal, que  las noches se transformaban en competencia por quién observaba más estrellas fugaces. Los días fueron perfectos, la gente que conocimos fue muy agradable, cada una con sus historias, sus viajes realizados y planes a futuro. 

Cuando uno acampa se encuentra con personas que tienen valores hacia la naturaleza muy similares al propio, y esto sin dudas te anima. Me hace feliz saber que allí afuera hay otros que respetan su entorno, que lo cuidan y que se maravillan con todo lo que nos ofrece.

Es nuestra responsabilidad mostrar esto al mundo, existe una frase que me gusta mucho que dice “sólo conservaremos lo que amamos, sólo amaremos lo que conocemos, y sólo conoceremos lo que nos enseñen” (Baba Dioum) la misma podría resumirse como “conocer para conservar” ¿y acaso no es cierto? Cuando uno entiende el rol que cada organismo (incluidos nosotros) cumple en su ecosistema es capaz de tomar como propio aquello, es capaz de aportar su granito de arena. “Mucha gente pequeña en pequeños lugares, haciendo pequeñas cosas puede cambiar el mundo” (Eduardo Galeano), seamos parte de ese cambio de ideas, de ese amor hacia lo que nos rodea. 

El Palmar

Viajemos, conozcamos, seamos curiosos. Preguntemos, siempre con respeto y con ganas de aprender. Vivamos experiencias, y no creamos que por ser un destino poco conocido o muy cercano a nuestro hogar no podamos tener una gran aventura y anécdotas para contar cuando seamos mayores. 

Durante nuestros días en el Palmar caminamos mucho, muchísimo. Pero gracias a esto tuvimos la oportunidad de observar a la fauna en su estado más silvestre, de conectar realmente con ella. De sentirnos “parte” de lo que llamamos naturaleza.  Espero que cada uno tenga la oportunidad de vivir algo así. Regresaremos, y esta vez estaremos más preparadas, pero con las mismas ganas de siempre de conocer algo nuevo, de agregar a nuestro baúl de recuerdos, insólitas y divertidas historias.

El Palmar





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