El nacimiento de las Cataratas del Iguazú, contada en una leyenda guaraní


El caudaloso río yguasú tenía una única ama y señora, muchísimo antes de que Álvar Núñez Cabeza de Vaca “descubriera” las cataratas, aquel caluroso 31 de enero de 1541, e intentara llamarla “saltos de Santa María”. Era la temible serpiente Boi, majestuosa, monstruosa, temeraria.  A lo largo de las riberas del “agua grande” (y guasú, en guaraní), cuando el mundo aún no conocía de países ni de fronteras, crecían innumerables tribus mbyá-guaraní, que debían cuidarse de sus enojos y saciar sus pedidos.

Cada año, regularmente, una mujer debía ser sacrificada. ¿Por qué no los hombres? ¿Por qué ellas? Debía ser una mujer joven, bella, para que la serpiente no echara luego sus maldiciones a los lugareños, obligados a respetarla y a temerle.  A esos rituales asistían todos. Los que vivían cerca, los que vivían lejos. Llegaban los sabios antiguos, los caciques más jóvenes, familias con niños, para presenciar en vivo y en directo el sacrificio, que les permitiría volver tranquilos a sus pueblos, en largos recorridos de a pie o sobre las rústicas canoas construidas con los árboles del lugar. 

El río tenía cientos y cientos de kilómetros de extensión, y su caudal permitía el desarrollo de todas las tribus, ya que les brindaba lo necesario. Pero el precio a pagar era demasiado caro. En una ocasión, la elegida para morir fue Naipí, una preciosa mujer de larga cabellera que debía ser ofrecida a Boi sin cuestionamientos, como cada vez.

Pero quiso el destino que el joven cacique Tarobá se enamore de ella. Vanos fueron sus esfuerzos por convencer a los mayores, sabios, aunque temerosos de la serpiente al fin. No había amor que pudiera evitar el razonable destino. ¿Qué pasaría con ellos si no cumplían su parte del trato? ¿Hasta dónde sería capaz de llegar Boi en su maldición?

Tarobá siguió intentando. Habló con los jefes, con los ancianos (todos hombres, por cierto), pero cada vez volvía a su hogar con la misma respuesta: no. Estaba escrito. Naipí tenía que morir. La noche previa, cuando ya se habían congregado varias tribus junto al río y aún algunas estaban en viaje, Tarobá decidió escapar con Naipí, para irse lejos y evitar el desenlace. Con astucia logró su cometido, burló toda la seguridad en torno a ella, y en la oscuridad de la noche se internaron juntos en las aguas del yguasú, sin saber muy bien adónde los llevaría la suerte y la corriente.

El amor era más fuerte que la diosa Boi, pensaba pel. Nada podría desunirlos. El día del sacrificio, en el lugar sólo había sorpresa y consternación. El miedo podía percibirse en sus rostros cuando corrió la noticia de que Naipí ya no estaba, y que Tarobá se la había llevado lejos. Ni siquiera tenían tiempo suficiente para buscarla. Boi no espera nunca.

La serpiente, finalmente, lo supo, como sabía todo lo que pasaba por su río. Envuelta por un ataque de ira salió a buscarla por su cauce de aguas caudalosas, hasta que finalmente los descubrió. Cuando estuvo cerca, con total sigilo, encorvó su lomo y asestó un golpe estruendoso al río, con tanta fuerza que lo partió en mil pedazos. 

Así nacieron las cataratas, con sus 275 saltos, de un golpe que le costó la vida de los amantes. A él lo convirtió en árboles, que pueden verse en la cima; y la caída de agua nació de la larga cabellera de ella. Boi se resguardó en la Garganta del Diablo para vigilarlos, debajo de ese imponente salto de agua de 80 metros. Su poder había sucumbido por causa de Tarobá y Naipí, y no permitiría que los amantes vuelvan a juntarse jamás. 

Ni siquiera pudo lograrlo. Hay quienes dicen que en cada arcoíris que se forma en la impresionante caída de agua, ellos vuelven a besarse. Por un rato, a veces mínimo, en el que logran refrendar su amor.

fuente: voy de viaje





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