Gira Patagónica: 28 días en un Fiat Uno


Gira Patagónica: 28 días en un Fiat Uno

Por Matias Derisio especial para Revista Latitud

Un viaje en pandemia que no hizo recibir de mecánicos. 

Somos Mati y Sol, y esta es nuestra divertida historia sobre la “Gira Patagónica” que hicimos en un Fiat Uno. El 1 de marzo salimos de Ushuaia en auto, con la intención de hacer la Ruta Nacional 40, visitar algunos lugares alejados de la misma y volver por la Ruta Nacional 3. Salimos a las 5 am para pasar temprano por los puestos fronterizos (para salir de Tierra del Fuego hay que pasar por Chile) y poder tomar la barcaza al continente.

La idea era llegar esa misma noche a El Chaltén y así fue, a última hora llegamos. Al día siguiente nos dirigimos hacia la zona de Lago del Desierto, allí hicimos una caminata de unos 40 minutos hacia el Glaciar Huemul. Abrimos un vino, cortamos salame y queso para quedarnos algunas horas, disfrutando de esa postal. Volviendo al pueblo, a la tardecita, hicimos otro Trekking mucho más corto para visitar el Chorrillo del Salto; un salto de agua enorme, donde tomamos unas fotos. Terminamos el día tomando unas ipas en un barcito del pueblo.

Glaciar-Huemul

El día 3 de marzo nos levantamos temprano, preparamos nuestras mochilas, bolsas de dormir y carpa y fuimos directo a Laguna Capri (unos 4 km de caminata). Allí haríamos nuestro campamento base. Almorzamos y tomamos sol a orillas de la laguna. A las 15 horas subimos a Laguna de los Tres, solo con nuestras mochilas de ataque y un calentador para hacernos unos mates. Cuando llegamos, no había nadie, estaban bajando todos. Como el día estaba despejado, nos quedamos esperando el atardecer para tomar fotografías del Fitz Roy con las últimas luces del día. Bajamos con linternas a nuestro Campamento Base y nos cocinamos un guiso de lentejas. La noche era ideal, sin viento, cálida.

Al día siguiente, luego de haber acampado en Laguna Capri, nos levantamos temprano, cargamos una mochila de ataque y fuimos a Laguna Torre para tener las mejores postales del Cerro Torre. Ese día hizo mucho calor (el más cálido de los que estuvimos en El Chaltén). Nos cocinamos nuestra clásica receta de campamento a orilla de la laguna: fideos con salchichas y queso cremoso, junto con el también clásico “vinito”. Volvimos con la última luz, para desarmar la carpa y regresar a El Chaltén. Al día siguiente tendríamos una larga jornada rutera, nuestro próximo destino era el Lago Posadas.

 

El 5 de marzo salimos a las 10 am de El Chaltén. Luego de un par de horas, llegamos al pueblo de Tres Lagos, donde paramos a tomar unos mates en un espacio verde al final de esta pequeña localidad. Ese descanso nos dio la energía necesaria para afrontar los 73 km de ripio que vendrían antes de llegar a Gobernador Gregores. En el camino paramos a tomarle algunas fotos al inmenso Lago Cardiel, que se presenta como un oasis celeste en la vastedad de la estepa patagónica.

Cerro-Torre

En Gobernador Gregores cambiamos una rueda, consecuencia del mal estado del ripio, y seguimos rumbo a Bajo Caracoles. Aprovechamos para tomar un café y estirar las piernas también. Tiene un “servi compras” al estilo antigua pulpería; lo clásico de este lugar es su surtidor del único combustible que tiene (Nafta Super) lleno de pegatinas de viajeros que pasan por este paraje, ansiados por cargar combustible y poder seguir por esta desolada ruta patagónica. Allí tendríamos que doblar a la izquierda por RP39 de ripio y continuar 73 km hasta llegar al pequeño pueblo de Lago Posadas. Se lo re bautizó como Hipólito Yrigoyen hace poco, pero a sus 266 habitantes les agradó más volver a denominarlo Lago Posadas.

Ese mismo día a última hora llegamos al fin al pueblo. Fue un agotador día rutero con mucho ripio, 73 km de un “serruchito” interminable y toscas en el camino; pero pudimos completar la hazaña, nuestro Fiat Uno ya andaba con aires de 4×4. Llegamos solo para la cena y a dormir temprano, al día siguiente nos esperaría un recorrido por la zona. Su principal atractivo es un curioso “arco de piedra”, una roca con un arco instalada en el medio del lago por capricho de la naturaleza, más precisamente de la última glaciación que modeló el paisaje por estas zonas. Al día siguiente, salimos temprano para visitar esta curiosidad geológica. 

Lago-Posadas

El 7 de marzo salimos de Lago Posadas rumbo a Los Antiguos; para ello, en vez de tomar la clásica opción de ir por la RN40 (Bajo Caracoles – Perito Moreno); decidimos hacer el inhóspito “Camino del Monte Zeballos”, es la RP41, ruta de casi 160 km de ripio que une Lago Posadas con Los Antiguos. Se extiende desde la meseta árida patagónica a los bosques de lenga cordilleranos, cuando bordea la zona del Monte Zeballos (2748 msnm) y vuelve a la estepa al acercarse al Lago Buenos Aires.

En lo más alto de la RP41, a 1490 msnm pasamos por El Portezuelo. Una tormenta interminable de lluvia que nos siguió todo el día, a esa altura se convirtió en una densa tormenta de nieve y viento; no nos permitió ver nada y como si fuera poco, con esas condiciones climáticas y a esa altura, pinchamos una de las ruedas. Dejamos el auto a un costado, buscamos una superficie lo más plana posible, nos miramos, miramos la tormenta y salimos a “ponerle pecho a las balas”.

Monte-Zeballos

Instalamos el cricket, entre los dos fuimos desajustando los bulones para cambiar la rueda, metiéndonos las manos en el bolsillo luego de cada bulón retirado, para calentarnos. Nos embarramos  de punta a punta instalando la otra rueda, pero al fina pudimos solucionarlo. Con inmensa alegría nos subimos al auto para continuar camino, rezando que no se nos pinche el auxilio (nos quedaban 77 km para llegar a Los Antiguos) y quedar tirados no era una opción. 

Cuando llegamos a Los Antiguos, relajamos la tensión generada por esa “odisea” almorzando unos sandwiches a orillas del inmenso Lago Buenos Aires. La idea era llegar a Esquel ese 7 de marzo, pero debido a que esa ruta nos implicó más de 6 horas, y que se nos hizo de noche en Perito Moreno, decidimos descansar allí y arremeter nuestro cometido al día siguiente.

El 8 de marzo, luego de emparchar la rueda pinchada, salimos a ruta temprano y seguimos derecho a Esquel; con parada intermedia en Gobernador Costa para almorzar una milanesa y un bife, que nos lo teníamos merecido. Al llegar a Esquel, pasamos la tarde en Laguna La Zeta, tomando unos mates y disfrutando de ese hermoso día de sol. Es un lugar que nos dejó enormes ganas de acampar, era ideal para amanecer con ese marco paisajístico, pero lo dejaremos para otro viaje; nuestro objetivo era El Bolsón. 

El-Portezuelo

Volviendo a la ruta, paramos en un mirador a tomar unas fotos de la ciudad. Por lo general, siempre que voy a alguna ciudad o pueblo, tengo la obsesión o simplemente curiosidad de subirme a un cerro y tomarle fotos panorámicas al lugar. Es una de mis debilidades tanto en mi forma de disfrutar la fotografía como en mi curiosidad por conocer cada lugar. Por suerte comparto ese sentimiento con mi compañera de viaje.

Ese día por la noche llegamos a El Bolsón. Luego de un largo día de ruta, tomamos unas cervezas frente a Plaza Pagano y disfrutamos esa cálida noche. Nos alojamos en un hostal y al día siguiente salimos temprano para hacer el trekking al Cajón del Azul; luego de dos horas de caminata, bajo un ardiente sol (somos demasiado fueguinos para soportar el calor) vimos un increíble río con aguas cristalinas y miles de truchas que se dejan ver desde la orilla. El atractivo principal de este lugar, es una “olla” de varios metros de profundidad, donde quienes la visitan se suelen tirar al agua; no podía ser menos y desde una roca alta me zambullí en esa agua helada.

El 9 de marzo regresamos a última hora del Cajón del Azul; en el regreso veíamos tristemente como resplandecía el fuego en la noche, la ladera sur del Cerro Piltriquitron se estaba incendiando (más tarde nos enteramos por las noticias, que tuvieron que evacuar todo el Paraje Las Golondrinas). Al día siguiente, llovió todo el día; no nos quejamos de ello, al contrario, lo agradecimos. Esa lluvia ayudó a apagar otros focos de incendio que sucedían en la comarca. Aprovechamos entonces, para buscar repuestos para el auto, se nos había roto el sistema de frenos; fue un día para dedicarle atención al auto.

El 12 de marzo, luego de haber acampado a orillas del Lago Epuyén (donde habíamos pasado toda la jornada anterior), volvimos a El Bolsón con la idea de subir el Cerro Piltriquitrón (el cerro más alto de la comarca). Compramos un salame, pan, queso, un vino y partimos. Dejamos el auto en “la plataforma” y desde allí comenzamos a caminar. Con Sol estamos acostumbrados a caminar cuesta arriba (en Ushuaia lo hacemos muy seguido), pero a lo que no estamos acostumbrados es al sofocante calor, esos casi 30 grados hicieron que la caminata fuera mucho más dura de lo pensado.

En el camino pasamos por el Refugio Piltriquitrón, allí nos anotamos para subir a la cumbre. El refugio está a 1500 msnm y la cumbre a 2260 msnm. Llegamos a la cumbre, sacamos fotos, y en el poquito espacio que hay allí nos acomodamos para merendar la picada. Un rato más tarde llegaron unos chicos de Comodoro Rivadavia, de quienes nos hicimos amigos; compartimos risas y buenos momentos, el clima nos dejó explayarnos. Bajamos juntos y volvimos a la ciudad con las últimas luces del día. 

Cerro-Piltriquitron

Una vez en la ciudad, comimos un asado, invitados por unos amigos que me hice en un viaje anterior. Luego de risas y momentos compartidos, instalamos la carpa en su patio. Al día siguiente, a la tarde, luego de que el auto fuera al “médico” para arreglar su sistema de frenos, emprendimos viaje a Bariloche. Nos alojamos en un camping en Villa Los Coihues, es antes de entrar a Bariloche, un pueblo sobre el margen norte del Lago Gutiérrez. Creo que es el mejor camping en el que estuvimos en nuestra vida; tiene de todo, acampe al lado del río, fogones, cerveza artesanal, palestra y hasta una isla propia (isla que se formó en el río); un “paraíso hippie” aparte, en pleno contacto con la naturaleza.

El 15 de marzo salimos muy temprano del hermoso camping de Villa Los Coihues. Bordeamos el Lago Gutiérrez y continuamos camino en dirección sur por la RN40 hasta Villa Mascardi, allí doblamos en sentido a la cordillera por la RP82 (ruta que termina en el Ventisquero Negro del Cerro Tronador). Teníamos que estar manejando en esta ruta antes de las 9 am, es doble mano hasta esa hora y después de las 19. Continuamos bordeando gran parte del Lago Mascardi. Vimos la famosa “Isla Corazón” a mitad de camino y llegamos a Pampa Linda; sitio donde empezaríamos nuestro trekking a Laguna Ilón y el Mirada del Doctor, con acampe en el primer lugar.

Si bien se puede hacer en un día de jornada larga nosotros queríamos disfrutar bien ese lugar. El cielo estrellado esa noche nos terminó dando la razón de la buena elección. En el camino nos detuvimos a sacarle fotos al Glaciar Castaño Overo, uno de los tantos que se desprenden del Monte Tronador. Nos “colgamos” observando mucho tiempo, ese paisaje de glaciar y cascadas cayendo de él era nuevo para nosotros.

Mientras íbamos subiendo camino a la Laguna Ilón, el Cerro Tronador nos veía siempre del lado izquierdo. Las nubes iban jugando con él, lo tapaban, lo descubrían y lo volvían a tapar. Esa montaña es magnética, no pude dejar de mirarla y fotografiarla, a tal punto de que paraba a descansar a propósito sólo para admirarla.

La mayoría de las veces no estaba cansado ni necesité agua, pero sí se transformó en una necesidad el contemplarla para “fotearla”. Esto sólo me ha sucedido con el Monte Fitz Roy y el Cerro Torre, ambos en El Chaltén. “Son montañas que te envuelven, te atrapan”. Hay algo más allá de su belleza y su forma, un halo de misticismo quizás.

Monte-Tronador

El 15 de marzo, luego de haber almorzado a orillas de la Laguna Ilón, salimos a “La Mirada del Doctor” (desde la laguna es aproximadamente una hora y media más de caminata). A las 18 hs llegamos a un lugar increíble, un lugar que no podemos explicar con palabras pero que técnicamente es una de las vistas más impresionantes de la Patagonia. Lo primero que hicimos fue envolvernos de toda esa inmensidad de paisaje inimaginable, éramos hormiguitas en ese todo, pero ¡que bien nos sentíamos!.

Saqué la cámara de fotos y me enojé con ella; es un lugar que no sabes donde empezar a tomar fotos, te atonta, se presenta como un gran desafío para cualquier fotógrafo. Tomé las mejores fotos que pude, fueron más de 600; intenté tomar algunas que den la sensación de vértigo, es la sensación que calza perfecto con este lugar. Me apuré para preparar unos mates y seguir siendo yo y la inmensidad. Al día siguiente, luego de haber pasado la noche en Laguna Ilón, emprendimos el regreso a Pampa Linda.

El 17 de marzo salimos no tan temprano de Bariloche rumbo a villa La Angostura. Debido a que era la última noche allí nos la pasamos de bar en bar, hasta las 2 de la mañana. Allí nos recibieron Agustina y Alejandro, unos amigos y excelentes anfitriones del lugar; en una tarde nos mostraron los lugares más bellos de la villa: Bahía Mansa, Bahía Brava, Puerto Manzano, PN Los Arrayanes y hasta un espectacular atardecer en la desembocadura del Río Correntoso en el Lago Nahuel Huapi. Ese atardecer fue perfecto; los colores, la geometría de los últimos rayos de sol queriendo escapar detrás de las montañas y el pescador que sin saberlo formó parte de esa composición.

Villa-La-Angostura

El 18 de marzo salimos temprano de la villa, muy entusiasmados por recorrer el camino de los 7 lagos. Paramos en cada uno de los miradores hasta el mediodía que llegamos a San Martín de los Andes. La idea era buscar algún mirador y almorzar con una linda vista. Encontramos entonces el Mirador Arrayanes, que nos impactó con el marco escénico, pero sabíamos que no debíamos “colgarnos” allí. Antes que llegue la noche queríamos hacer el trekking a la Cascada Ñivinco, así que tuvimos que desandar unos 50 km al sur.

Esta cascada se encuentra a mitad de trayecto entre San Martín de los Andes y Villa La Angostura. Es una caminata muy tranquila que no demanda más de 45 minutos por tramo. Se camina siguiendo el Arroyo Ñivinco para llegar a un paisaje que pareciera estar sacado de la película “Jurassic Park”, con la salvación de que en lugar de pastos altos, caminas en un sendero estrecho entre cañas colihue gigantes. Por suerte no hay velociraptores merodeando, pero si tienen suerte podrán ver algún huemul. Cuando llegas al lugar es un sueño, la sinfonía del agua y el escenario circundante generan una armonía única.

Cascada-Ñivinco

Luego de acampar en el Lago Villarino, nos levantamos con un espectáculo de nubes y niebla que de a poco se iba desvaneciendo de un lago que oficiaba de espejo de aquel escenario. Ese 19 de marzo manejamos rumbo a Bariloche, allí se nos agregaron dos personas más a este viaje, Julieta (hermana de Sol) y Demetrio. El auto estaba cargadisimo y el “tetris” de como acomodar nuestras cosas pasaría al siguiente nivel de complejidad.

Sin embargo el negocio resultó ser rentable: las risas y buenos momentos se potenciaron. Hasta este punto, nuestro recorrido ha tenido mucho de montañas, trekking, lagos y glaciares; ese día decidimos “cambiar de paisajes”, llenar nuestros ojos de playa, arena, mar y estepa. A pocos km de salir, en la primer curva y contracurva pronunciada, se nos apareció uno de los ríos más bellos de la Patagonia, el Limay; estábamos frente a “El Anfiteatro”, esta sección del río nos quitó el aliento obligándonos a detener el auto para admirar sus caprichosas tonalidades de azul, con la esperanza de algún día volver para acampar entre esos sauces llorones.

El 20 de marzo salimos temprano de la ciudad de Neuquén, pasamos la noche en un hotel bastante bizarro. Fue un día caluroso y agotador, anduvimos por todo el Valle del Río Negro. Las manzanares, perales y viñedos nos iban tentando en su recorrido. Cuando llegamos a la localidad de General Conesa, luego de cargar combustible y tomar un litro de café para seguir despierto hasta a Las Grutas, el auto no arrancó. Hicimos todo lo posible, hasta que decidimos que nos transportase una grúa. Eran casi las 23 hs cuando llegamos a la localidad balnearia, no fue una llegada triunfal, pero fue una llegada al fin. Nos esperaba un “refugio de mar” con pileta climatizada frente a la playa, que de a poco nos hizo olvidar el mal trago del auto.

Lago-Villarino

El 24 de marzo, luego de estar casi 5 días varados en Las Grutas, porque no nos solucionaban el problema del auto, llamamos a otro remolque que nos transportó a Puerto Madryn, a este punto ya era gracioso y hacíamos chistes sobre ello; ridiculeces como que éramos ricos y nos gustaba viajar en remolque. Igual, el destino se encargaba de burlarse de nosotros, ese día era feriado y por lo tanto estaba todo cerrado; fieles a nuestra forma de ser, dejamos el auto al lado de la concesionaria Fiat y aprovechamos a caminar por la hermosa costanera que tiene Puerto Madryn.

Un día después nos entregaron el auto arreglado. Felices, nos dirigimos a Playa El Doradillo a tomar unos mates. Cuando volvemos al auto y lo quiero arrancar, no arranca, y por tercera vez, tuvimos que pedir remolque. Estuvimos 4 horas esperando ese bendito remolque contemplando mientras tanto un hermoso atardecer. No quedaba otra que tomar unas buenas fotos, esperando abrigados con nuestras bolsas de dormir. Lo más gracioso fue que minutos antes de que llegara el remolque el auto arrancó, por lo que estuvimos esperando que nos remolcaran con un auto que funcionaba normal.

Playa-El-Doradillo

Otra vez la misma historia, dejar el auto en el taller e irlo a buscar al día siguiente. Un último atardecer en Punta Cuevas nos hizo despejar un poco. Al día siguiente buscamos el auto, con bastante miedo a que vuelva a acontecer lo mismo, y empezamos el viaje de regreso a Ushuaia. El mecánico, honesto, nos recomendó venderlo ni bien lleguemos a nuestro destino. Por suerte, todo marchó bien; me dedique a ser precavido y parar a descansar solo en poblados, no pasó nunca por mi cabeza el parar en medio de la ruta, el temor estaba latente. Es así como paramos en cada pequeño caserío que se nos presentaba; después de Trelew, vendrían Uzcudum, Garayalde, Comodoro Rivadavia y hasta Villa Rada Tilly, donde pasamos esa noche en un hostel que nos maravilló de lo “hippie” que era.

El 29 de marzo, último día de nuestro viaje, arrancamos temprano de Rio Gallegos, última ciudad donde nos alojamos. El destino estaba cerca: Ushuaia, las buenas anécdotas también. 

El auto respondió perfecto y nuestras risas también; y la nostalgia volver a viajar, a pesar de todos los sucesos. Que lindo que es viajar, a pesar de todo, siempre viajar. Son buenos momentos, risas, anécdotas para contar, y sobre todo aprendizaje. Pero saben que es lo más importante, reirse, reirse de uno mismo, disfrutar cada momento, y que nunca te complique lo que pase; las cosas malas pasan siempre, pero está en tu actitud pasarla bien a pesar de ello o pasarla mal. Elegimos pasarla bien, aunque suene cliché, la vida es una sola. Aprendimos que los “malos momentos” existen para luego tener “jugosas” anécdotas que contar. Todo lo que sucedió nos enriqueció, desde fortalecer nuestro sentido del humor hasta aprender mecánica del automotor.

 





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