Patagonia de ojos color canela


Patagonia de ojos color canela

Por Gustavo Belluati, especial para revista Latitud

Visité el sur a principios del 2018; Viaje solo, para ponerme a prueba si me soportaba a mi mismo, crecimiento personal digamos.

Lo que les voy a contar de este viaje de una semana por Bariloche, Villa la Angostura, Villa Traful y Bariloche es una de las partes finales del viaje…los tintes románticos a veces aparecen.

Estaba en Villa La Angostura, y como acostumbro a viajar consultando mapas a papel, encontré un lago para visitar, el lago Espejo Grande. Ese día semi nublado me preparé un equipaje básico de mate y sanguchitos, todo dentro de mi mochila verde de viajero chilena, que actualmente descansa en calles europeas.

Tome un colectivo urbano en la terminal de la villa; primero subimos 3 personas, una señora, un chico y yo (el turista). Antes de que el chofer arranque subió apurada una cuarta pasajera, nos miramos fugazmente y algo me llamó la atención, pero me quedé con un sabor a poco porque ese intercambio de miradas fue interrumpido por un movimiento brusco del vehículo, seguido por un saludo del chico hacia ella. Se saludaron y se sentaron separados. Si no me equivoco, eran cerca de las 10 de la mañana en ese momento y una espinita en mi mente quedó pinchando.

Durante el viaje me llamaba poderosamente la atención algo del rostro de la chica. Pero con tanto movimiento del colectivo, no podía poner foco en la cara de ella, y tampoco podía ser tan invasivo ya que eso genera incomodidad por parte de la otra persona.

Aclaro que soy fanático de la observación, miro todo, me gusta buscar detalles en cosas para no olvidarlas, por ese motivo me gusta mirar, pero tengo que tener cuidado al mirar por tiempos prolongados a personas, para que no piensen que estoy loco o que les vaya a hacer algo.

Después de unos 15 minutos de viaje, bajamos en la parada correspondiente el medio de la ruta. Digo bajamos porque me baje yo, el chico y la chica. Elles cruzaron la ruta y se adentraron en un camino de tierra, los seguí porque parecía que era el camino al parador del lago. Cada tanto me miraban de lejos ya que mi look denotaba que era turista, y un claro turista low cost porque hice el viaje en temporada baja, así que era uno de los pocos locos que andaba en esas tierras a finales de febrero.

Hermoso paisaje, durante el descenso hacia el lago por el camino de tierra, pude disfrutar de esa arboleda, de ese suelo típico del sur, que a mi particularmente me da una sensación de que camino sobre un colchón, de su olor particular…bueno…uno de mis lugares favoritos.

Entonces me acomode sobre la costa del lago, deje mi mochila sola, y camine descalzo para entrar en contacto con las energías del lugar.

Cada tanto dirigía mi mirada hacia atrás, donde estaba el parador, donde habían entrado el chico y la chica…y a lo lejos observaba que ella era la que atendía a los clientes que se acercaban a comer algo.

Pase largas horas con mi mate y mi vianda, disfrutando el paisaje, viendo el movimiento de las nubes, pero algo me intrigaba.

Quería acercarme a esa chica, porque desde que la vi, cuando subió al colectivo, hubo algo en su cara que no pude registrar en mi mente, pero la timidez me invadía y no estaba seguro que lo vaya a hacer.

Comenzó a lloviznar un poco, vi la hora y eran las 12:45. Miré el papel de los horarios del colectivo, y me percaté que el proximo pasaba en solo 15 minutos, entonces arme el bolso muy rápido, me dirigí al camino de tierra, y de lejos mire el bar del parador, como para registrar en mi mente que ahí trabajaba la chica que no me anime a acercarme.

Subí por el camino, medio ondulado, eran las 12:50 y dije, bueno tiempo de sobra, me faltan 150m para llegar a la parada, y en el momento que saco la mirada del reloj para continuar mirando el rumbo, veo el colectivo pasar. Pasó a las 12:55, chau bondi.

Así que no me quedó otra que volver a mirar el papel de los horarios y ver cuando pasaba nuevamente; decía que  pasaba a las 16:30. Anulé mis planes para esa tarde de conocer otros lagos, y me hice la idea que tenía 3 horas más para disfrutar de la playa.

Di vuelta en mi eje y al momento de redireccionar mi rumbo hacia la playa nuevamente, dije: No puedo esquivar más esto que siento, tengo que ir al parador. Así que medio temeroso y a paso lento, me dirigí al bar.

Subí lentamente unos pocos escalones de lugar, mientras subía intentaba mirar de reojo hacia la barra, donde ella atendía, pero no estaba. Registre en mi mente los escalones de madera grisácea, llenos de una arena rara, piedritas que hacían que mis pasos sean inseguros al pisar la superficie.

¿A dónde se había ido? ¿Se tomo el cole que había pasado temprano?

Pasaron unos segundos, que para mi fueron minutos lo que tardé en llegar desde los escalones hasta las mesas para dejar mi mochila, y ella seguía sin aparecer. Dejé mi mochila en unas de las mesas y me dirigí a la barra, ya no sabía qué más hacer de los nervios que invadían mi cuerpo. Parecía un niño, en realidad lo sigo siendo actualmente.

Me apoyé en la barra… seguí esperando, voltee mi mirada hasta el horizonte del lago, para ver si la inmensidad me calmaba un poco…pero esta falsa tranquilidad se parte al medio al escuchar unos pasos desde el sector de la cocina, volteo hacia allí, y de un golpe seco, ella abre las puertas americanas que separaban la cocina de la barra.

Quedo duro, sorprendido, me invaden miles de preguntas en la cabeza, improviso conversaciones en cuestión de segundos ¿Qué podría preguntarle?

Pero todo ese mar de preguntas fue interrumpido cuando ella me miró con esos ojos,

ojos color canela…

¡Atenti que esta es la primer parte de la historia!





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